Hace pocos días hubo un aniversario de San Martín. No sé si fue el aniversario de su nacimiento, de su muerte o de algún hecho importante en su vida y la vida del país. Un aniversario.
Como soy patriota, no nacionalista, y la figura del prócer impoluto me parece una ofensiva maniobra populista cuya primera víctima es el prócer mismo—convertido en robot moral subhumano—elegí, para transmitir algo sobre San Martín, un fragmento del Capítulo XI del primer tomo de la Historia del Libertador Don José de San Martín, de José Pacífico Otero, que contiene las expresiones de un viajero inglés de apellido Robertson que andaba por estos lugares camino a Asunción del Paraguay cuando el Combate de San Lorenzo era inminente. Lo hago porque se trata de alguien que no puede ser acusado de ninguna malversación, o eso creo yo de manera arbitraria.
Es extenso para un post, pero romántico, muy romántico:
Por la tarde del quinto día llegamos a la posta de San Lorenzo, distante como dos leguas del convento del mismo nombre, construido sobre las riberas del Paraná, que allí son prodigiosamente altas y empinadas. Allí nos informaron haberse recibido órdenes de no permitir a los pasajeros seguir desde aquel punto, no solamente porque era inseguro, a causa de la proximidad del enemigo, sino porque los caballos habían sido requisados y puestos a disposición del gobierno, listos para ser internados o usados en servicio activo al primer aviso. Yo sabía que los marinos en considerable número estaban en alguna parte del río, y cuando recordaba mi delincuencia en burlar su bloqueo, ansiaba caer en manos de cualquiera menos en las suyas. Todo lo que pude convenir con el maestro de posta fue que si los marinos desembarcaban en la costa, yo tendría dos caballos para mí y un sirviente y estaría en libertad de internarme con su familia a un Sitio conocido por él, donde el enemigo no podría seguirnos. En ese rumbo, sin embargo, me aseguró que el peligro proveniente de los indios era tan grande como el de ser aprisionado por los marinos; así es que Scylla y Caribdis estaban lindamente ante mis ojos. Había visto ya bastante en Sudamérica para amilanarme ante peligrosas perspectivas. Antes de vestirme hice el ajuste de cuentas con el maestro de posta, y cuando quedó arreglado, me retiré al carruaje transformado en habitación para pasar la noche y pronto me dormí. No habían pasado muchas horas cuando desperté de mi profundo sueño a causa del tropel de caballos, ruido de sables y rudas voces de mando, a inmediaciones de la posta. Vi confusamente, en las tinieblas de la noche, los tostados rostros de dos arrogantes soldados en cada ventanilla del coche. No dudé estar en manos de los marinos. “Quién está ahí?”—dijo autoritariamente uno de ellos—. “Un viajero”, contesté, no queriendo señalarme inmediatamente como víctima confesando que era inglés. “Apúrese—dijo la misma voz—, y salga”. En ese momento se acercó a la ventanilla una persona cuyas facciones no podía distinguir en la oscuridad, pero cuya voz estaba seguro de conocer cuando dijo a los hombres:
“No sean groseros. No es enemigo, sino, según el maestro de posta me informa, un caballero inglés en viaje al Paraguay.”
Al llegar a esta altura del relato nos dice Robertson que los hombres se retiraron y que el oficial que los había así observado se acercó a la ventanilla. Él pudo entonces discernir sus “finas y prominentes facciones”, al mismo tiempo que se apercibía de otros rasgos, como de su metal de voz. Fue entonces cuando salió de su pasividad, y dirigiéndose al oficial que tenía delante, le dijo: “Seguramente usted es el Coronel San Martín; si así es, aquí está su amigo, Mr. Robertson”.
El reconocimiento—continúa éste—, fue instantáneo, mutuo y cordial, y él se regocijó con franca risa cuando le manifesté el miedo que había tenido, confundiendo sus tropas con un cuerpo de marinos. El Coronel entonces me informó que el gobierno tenía noticias seguras de que los marinos españoles intentarían desembarcar esa misma mañana para saquear el país circunvecino y especialmente el convento de San Lorenzo. Agregó que, para impedirlo, había sido destacado con ciento cincuenta granaderos a caballo de su regimiento; que había venido, andando principalmente de noche, para no ser observado, en tres noches desde Buenos Aires. Dijo estar seguro de que los marinos no conocían su proximidad, y que, dentro de pocas horas, esperaba entrar en contacto con ellos. “Son doble en número”, añadió el valiente Coronel, “pero por eso no creo que tengan la mejor parte de la jornada.”
“Estoy seguro que no—dije yo. Y descendiendo sin dilación empecé con mi sirviente a buscar, a tientas, vino con que refrescar a mis muy bien venidos huéspedes. San Martín había ordenado que se apagaran todas las luces de la posta, para evitar que los marinos pudiesen observar y conocer así la vecindad del enemigo. Sin embargo, nos las arreglamos muy bien para beber nuestro vino en la oscuridad, y fue literalmente la copa del estribo, porque todos los hombres de la pequeña columna estaban parados al lado de sus caballos ya ensillados y listos para avanzar, a la voz de mando, al esperado campo de combate.
No tuve dificultad—concluye Robertson—en persuadir al General de que me permitiera acompañarlo hasta el convento. “Recuerde solamente—me dijo—que no es su deber ni oficio pelear. Le daré un buen caballo, y si ve que la jornada se decide contra nosotros, aléjese lo más ligero posible. Usted sabe que los marinos no son de a caballo”.
A este consejo prometí sujetarme, y aceptando su delicada oferta de un caballo excelente, y estimando debidamente su consideración hacia mí, cabalgué al lado de San Martín, cuando marchaba al frente de sus hombres en oscura y silenciosa falange.
Quiero conocer gente así.
Como soy patriota, no nacionalista, y la figura del prócer impoluto me parece una ofensiva maniobra populista cuya primera víctima es el prócer mismo—convertido en robot moral subhumano—elegí, para transmitir algo sobre San Martín, un fragmento del Capítulo XI del primer tomo de la Historia del Libertador Don José de San Martín, de José Pacífico Otero, que contiene las expresiones de un viajero inglés de apellido Robertson que andaba por estos lugares camino a Asunción del Paraguay cuando el Combate de San Lorenzo era inminente. Lo hago porque se trata de alguien que no puede ser acusado de ninguna malversación, o eso creo yo de manera arbitraria.
Es extenso para un post, pero romántico, muy romántico:
Por la tarde del quinto día llegamos a la posta de San Lorenzo, distante como dos leguas del convento del mismo nombre, construido sobre las riberas del Paraná, que allí son prodigiosamente altas y empinadas. Allí nos informaron haberse recibido órdenes de no permitir a los pasajeros seguir desde aquel punto, no solamente porque era inseguro, a causa de la proximidad del enemigo, sino porque los caballos habían sido requisados y puestos a disposición del gobierno, listos para ser internados o usados en servicio activo al primer aviso. Yo sabía que los marinos en considerable número estaban en alguna parte del río, y cuando recordaba mi delincuencia en burlar su bloqueo, ansiaba caer en manos de cualquiera menos en las suyas. Todo lo que pude convenir con el maestro de posta fue que si los marinos desembarcaban en la costa, yo tendría dos caballos para mí y un sirviente y estaría en libertad de internarme con su familia a un Sitio conocido por él, donde el enemigo no podría seguirnos. En ese rumbo, sin embargo, me aseguró que el peligro proveniente de los indios era tan grande como el de ser aprisionado por los marinos; así es que Scylla y Caribdis estaban lindamente ante mis ojos. Había visto ya bastante en Sudamérica para amilanarme ante peligrosas perspectivas. Antes de vestirme hice el ajuste de cuentas con el maestro de posta, y cuando quedó arreglado, me retiré al carruaje transformado en habitación para pasar la noche y pronto me dormí. No habían pasado muchas horas cuando desperté de mi profundo sueño a causa del tropel de caballos, ruido de sables y rudas voces de mando, a inmediaciones de la posta. Vi confusamente, en las tinieblas de la noche, los tostados rostros de dos arrogantes soldados en cada ventanilla del coche. No dudé estar en manos de los marinos. “Quién está ahí?”—dijo autoritariamente uno de ellos—. “Un viajero”, contesté, no queriendo señalarme inmediatamente como víctima confesando que era inglés. “Apúrese—dijo la misma voz—, y salga”. En ese momento se acercó a la ventanilla una persona cuyas facciones no podía distinguir en la oscuridad, pero cuya voz estaba seguro de conocer cuando dijo a los hombres:
“No sean groseros. No es enemigo, sino, según el maestro de posta me informa, un caballero inglés en viaje al Paraguay.”
Al llegar a esta altura del relato nos dice Robertson que los hombres se retiraron y que el oficial que los había así observado se acercó a la ventanilla. Él pudo entonces discernir sus “finas y prominentes facciones”, al mismo tiempo que se apercibía de otros rasgos, como de su metal de voz. Fue entonces cuando salió de su pasividad, y dirigiéndose al oficial que tenía delante, le dijo: “Seguramente usted es el Coronel San Martín; si así es, aquí está su amigo, Mr. Robertson”.
El reconocimiento—continúa éste—, fue instantáneo, mutuo y cordial, y él se regocijó con franca risa cuando le manifesté el miedo que había tenido, confundiendo sus tropas con un cuerpo de marinos. El Coronel entonces me informó que el gobierno tenía noticias seguras de que los marinos españoles intentarían desembarcar esa misma mañana para saquear el país circunvecino y especialmente el convento de San Lorenzo. Agregó que, para impedirlo, había sido destacado con ciento cincuenta granaderos a caballo de su regimiento; que había venido, andando principalmente de noche, para no ser observado, en tres noches desde Buenos Aires. Dijo estar seguro de que los marinos no conocían su proximidad, y que, dentro de pocas horas, esperaba entrar en contacto con ellos. “Son doble en número”, añadió el valiente Coronel, “pero por eso no creo que tengan la mejor parte de la jornada.”
“Estoy seguro que no—dije yo. Y descendiendo sin dilación empecé con mi sirviente a buscar, a tientas, vino con que refrescar a mis muy bien venidos huéspedes. San Martín había ordenado que se apagaran todas las luces de la posta, para evitar que los marinos pudiesen observar y conocer así la vecindad del enemigo. Sin embargo, nos las arreglamos muy bien para beber nuestro vino en la oscuridad, y fue literalmente la copa del estribo, porque todos los hombres de la pequeña columna estaban parados al lado de sus caballos ya ensillados y listos para avanzar, a la voz de mando, al esperado campo de combate.
No tuve dificultad—concluye Robertson—en persuadir al General de que me permitiera acompañarlo hasta el convento. “Recuerde solamente—me dijo—que no es su deber ni oficio pelear. Le daré un buen caballo, y si ve que la jornada se decide contra nosotros, aléjese lo más ligero posible. Usted sabe que los marinos no son de a caballo”.
A este consejo prometí sujetarme, y aceptando su delicada oferta de un caballo excelente, y estimando debidamente su consideración hacia mí, cabalgué al lado de San Martín, cuando marchaba al frente de sus hombres en oscura y silenciosa falange.
Quiero conocer gente así.
17 dosis:
Todavía existe gente así,no sé si coroneles..
De ti depende de encontralas,
honorable Claude...
No sé nada de Alexander Solzhenitsyn, pero visitá Esta página, Contactate con el propietario, es muy macanudo y seguro tiene material de él.
CLAUDE... Somos tan pero tan particulares los ARGENTOS que pa' variar "festejamos" las muertes y no los nacimientos anque alguna fecha honorable,digamossssss...
P.D.:El 17 era el dìa de la muerte de DON JOSÈ...
Yo me vi el "documental" recordatorio de la batalla de San Lorenzo de CANAL 7 y me partiò el alma CABRAL,aunque omitieron (¿?),las palabras finales que se dice que le dijo a SAN MARTÌN...
Bah!
Què se yo...
Como en todo habrà mucho de historia y de fàbula tambièn,no?
BECHUPS
io le cuento a mi amigo Claude que io cuando planeaba el cruce de los andes con el general (perón) le decia cosas como la que aqui transcribe.
io el Carlo para el 2011.- ¡Por Dio!
No sé quién es el de la foto...
Sólo sé que vi al que comentó arriba mío y todavía me estoy tocando la teta izquierda.
Más allá que pienses que no se puede honrar a un héroe de la Patria, San Martín fue una misión, un hombre desprendido de todo lujo y egocentrismo. Los innumerables documentos lo avalan.
Es un hombre ejemplar a imitar.
Es bueno ponérselo como meta.
Otra cosa:
No es festejo. Es conmemoración. Mejor recordar a un hombre al final de su vida haciendo revisión de sus hechos y sus logros.
Es así acá y en todas partes.
Solo que acá los homenajes no sobran.
El hombre fue grande. Más allá de los detalles, las anécdotas, los datos ciertos y las revisiones bicentenarias, el hombre fue grande.
Un saludo,
Siempre es bueno leer historia de primera mano
Qué elegante era la guerra antes!
El militar argentino, ¿no? Algo he leído y recuerdo haber visto una película llamada El santo de la espada.
Chori: Entonces confío en encontrarlas, auqnue esta época anodina conspire contra los caracteres destacados.
Cato: Gracias por el dato. Lo aprovecharé.
Gabu: Yo me perdí ese programa. Me dijeron más de una vez que estuvo muy bueno. Y la fábula está muy bien.
¡Carlos, amigo!: Un verdadero honor tenerlo por acá. ¡Volveremos!
Ana: Qué grande Carlos, no bien aparece las mujeres ya empiezan a tocarse.
OliverX: No pienso que no pueda honrarse a un héroe de la patria. En cuanto a la recordación de las fechas de muerte, creo que es como decís.
Yoni: Ud. sí que entiende (y no estoy diciendo que otros no entiendan ni nada de eso, por favor nadie piense nada).
Gustavo: Sí, y los relatos de primera mano suelen ser más humanos también, desprovistos de politiquería. Bah, me parece a mí.
Mensajero: Suelo preguntarme si los tipos también quedaban traumados como ahora o si pareciera que no simplemente porque ese tipo de cosas no eran narradas.
Rayco: Sí. También peleó 20 años para España.
Testimonios de primera mano coinciden en que San Martín hablaba con acento español, era un tipo cordial y le encantaban la bromas. Junto con Brown conforman mi dúo predilecto de próceres.
Mr. Bugman: Las anécdotas Olazábal, que lo venció simpáticamente en alguna casual disputa amorosa, se condicen con lo que usted ha dicho.
Aún revisionistas irresponsables tirabomba no pueden dejar de reconocer que San Martín fue un hombre excepcional por su hombría, para no ser machista, su humanismo.
Recomiendo la eriquecedora lectura de las Cartas del Paraguay de los hemanos Robertson, una joya literaria e historiográfica de valor irremplazable. Este mismo hermano, que llego por primera vez al Plata a los 15 años, luego de la primera invasión inglesa, también estuvo, entre otras figuras, con el otro Pepe, Artigas, del cual dejó la más famosa semblanza, e intentó exportar yerba de Paraguay a Inglaterra en tiempos del Supremo Dictador, Rodriguez de Francia.
Pau: Anotada su recomendación para una ávida lectura futura. Confío mucho en su criterio.
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